Última bitácora.



Cuatro meses y 16 semanas después, es momento de ver hacia atrás, poner las cosas en perspectiva y pensar un poco sobre lo aprendido a lo largo del semestre.

Irónicamente, este periodo académico  fue en simultánea una carga pesada y un gran respiro. Encontré profesores y materias que sirvieron para sentar cabeza, recordar y trabajar en lo que me apasiona y lo más importante: recuperar la motivación. Sin embargo, también fue un semestre de mucho trabajo y estrés; lo que era de esperarse luego de decidir inscribir dos créditos adicionales a los veinte a los que estaba acostumbrada en semestres pasados. 

Aprendí mucho en términos teóricos y académicos. Recordé cosas como las teorías de las relaciones internacionales, profundicé mis conocimientos sobre el realismo y el positivismo, el espiral del silencio, la teoría de la agenda setting y el funcionamiento de la política exterior colombiana. También conocí y entendí cosas nuevas, de diversos y múltiples campos de estudio, como las normas y pautas establecidas para la escritura académica, la citación y el plagio, las posibilidades infinitas del periodismo y sus nuevos modelos de negocio e incluso, contra todo pronóstico y pese los retos que supuso en términos de comprensión, al final conseguí entender un poco más la estadística descriptiva e inferencial, los modelos de regresión lineal y su utilidad en la investigación cuantitativa aplicada a las ciencias sociales.

No obstante, durante estos cuatro meses, la ‘vida universitaria’ además de llenarme de nuevo conocimiento, me permitió llegar a conclusiones sobre la cotidianidad, sobre la vida personal. Quizá la más importante es que, las cosas fáciles, sin esfuerzo y sin compromiso, en su mayoría, no funcionan para mí. Puede que para muchas personas esta sea una conclusión evidente, pero en mi caso, tomó 20 años y una clase desastrosa el tomar conciencia sobre este hecho.

En este punto, a días de terminar el semestre, veo la clase que me llevó a la epifanía en cuestión, como una pérdida de dinero y tiempo. La profesora canceló múltiples clases y en términos de contenidos fue una materia de un nivel de enseñanza y aprendizaje bajo. Sin embargo, lo que me llevó a renunciar a todo interés por la asignatura fue el criterio de evaluación de la profesora y su falta de compromiso. No hubo notas malas, no porque fuéramos el grupo ideal de estudiantes brillantes, responsables y aplicados, sino porque para la profesora lo que contaba era el ‘esfuerzo’ y a sus ojos, por básicos y mediocres que fueran los trabajos, el sólo hecho de entregarlos daban cuenta de un esfuerzo equiparable con una nota superior a 4.0.

Esta situación me llevó a percatarme de dos cosas. Primero, que frente a tareas, empleos, relaciones o personas a las que no admiro, respeto o en las que no encuentro una oportunidad de aprendizaje, un reto o algún tipo de estimulación intelectual, simplemente: me aburro, pierdo toda voluntad de compromiso y, eventualmente, acabó por ser “práctica” y hacer lo que toca y punto, ni más, ni menos. Aplicó para esa clase, ha aplicado para muchas otras a lo largo de la carrera e incluso para relaciones personales que, a la fecha, ya no existen, precisamente debido a lo simples e insípidas que resultaban. 

Segundo, y relacionado con lo académico, que, si bien es cierto que el deseo por aprender debe ser autónomo y producto de la disciplina y compromiso de cada cual con su proceso de formación y con el hecho de interesarse por acceder a nuevo conocimiento, sin premios o gratificaciones de por medio, es clave que quien cumpla el papel de instructor, profesor, guía o como quiera llamársele, se interese por cumplir su labor de la mejor manera y que además, esté en la capacidad y cuente con la información suficiente para aportar y enseñar algo a sus alumnos.

Como afirme en una de las primeras bitácoras, no se trata de que el profesor se convierta en un coach motivacional o en una especie de animador; tampoco de que se convierta en una figura autoritaria, dictatorial y tiránica que siembre terror en el salón y con base en el miedo, logre el compromiso de sus estudiantes. Simplemente es cuestión de que muestre interés en el aprendizaje de aquellos a los que está educando, compromiso con su trabajo e incluso, un poco de pasión por lo que hace o lo que enseña.

Esto último, me lleva -finalmente- a hablar de Información y Documentación. Sin medidas de represión o amenazas ligadas a la nota y por el contrario, partiendo de estrategias dinámicas, diferentes y con la expresa manifestación de interés genuino por hacer de la clase y de los contenidos de la misma, una situación amena y que facilitara el proceso de comprensión de los estudiantes, el profesor consiguió que me interesara por recordar y entender la ortotipografía, los tipos de plagio, las formas correctas de citación y el modo correcto de presentar tablas y figuras en un artículo académico.

Incluso, debido a su compromiso con la clase y los esfuerzos por implementar herramientas dinámicas, Cobos logró que semana a semana, me sentara a escribir las bitácoras y que, al final, casi sin saberlo, perfeccionara y fortaleciera el hábito de escribir.

Indudablemente aprendí y no sólo eso, aprendí cosas útiles para las tareas y labores propias de un universitario. Digo que aprendí, porque a lo largo del semestre en múltiples ocasiones, me encontré a mí misma revisando ensayos, entregas y textos académicos tomando como base lo visto en información y documentación; verificando que estuviese citando de la forma adecuada, que referenciara la totalidad de las fuentes en el orden correcto  y lo más importante, que siempre diera el crédito pertinente a los autores que usaba para respaldar mis planteamientos.

No obstante, diría que el valor agregado de la clase radicó en dos aspectos: el esfuerzo del profesor por hacer de Información y Documentación un asunto atractivo, dinámico y en el que, como estudiantes, ocupáramos un rol activo. Y, de otra parte, la variedad y transversalidad de los contenidos. Efectivamente, como era de esperarse por el objetivo de la clase, se abordó todo lo referente al estilo APA, pero también vimos documentales, vídeos, TED Talks y múltiples ejemplos ilustrativos de los temas que, servían de materia prima para, por ejemplo, escribir las bitácoras, pero en simultánea operaban como fuente de reflexión y crecimiento personal.

A riesgo de usar una frase de cajón y sonar como tía de 60 años, diría que esta clase aporta a la formación profesional, pero también forma a los estudiantes como personas y, eso es algo poco usual en la universidad.


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